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Lo que el fuego nunca se llevó

Polly makes one last high pass over Kanazawa, waits out the rain that comes off the Sea of Japan almost daily, and leaves a city that kept its habits as well as its buildings.

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Lo que el fuego nunca se llevó

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Una sola subida larga mete la ciudad entera en un mismo encuadre: los tejados pálidos y los muros largos del castillo en su colina, el verde oscuro del jardín pegado a ellos, el mercado como un techo gris y bajo entre edificios más altos, y al otro lado del río la retícula corta y de madera de la calle de las casas de té, con el mar plano y plateado más allá de todo.

Lo que sobrevive en Kanazawa no son en realidad los monumentos. Monumentos hay en muchos sitios, reconstruidos en hor...

Lo que sobrevive en Kanazawa no son en realidad los monumentos. Monumentos hay en muchos sitios, reconstruidos en hormigón después de la guerra y perfectamente dignos. Lo que sobrevive aquí es lo corriente. Un mercado que todavía vende pescado a quien lo va a cocinar. Un oficio con clientes vivos. Una calle donde alguien ensaya arriba porque esta noche hay trabajo. La ciudad conservó sus costumbres además de sus edificios.

El tiempo entró desde el mar de Japón como entra aquí casi todos los días, primero como un olor y luego como un muro,...

El tiempo entró desde el mar de Japón como entra aquí casi todos los días, primero como un olor y luego como un muro, golpeando los tejados de teja y cayendo de los aleros profundos en cuerdas de agua. En esta ciudad hay un dicho: puedes olvidarte de la fiambrera, pero nunca del paraguas. Polly esperó a que pasara bajo un alero, con las plumas pegadas al cuerpo.

Cuando la lluvia aflojó, salió volando bajo sobre el agua, hacia el oeste y hacia el gris. Detrás de ella los postes ...

Cuando la lluvia aflojó, salió volando bajo sobre el agua, hacia el oeste y hacia el gris. Detrás de ella los postes estaban apilados en un cobertizo del jardín esperando al uno de noviembre, los barcos cangrejeros seguían amarrados hasta el invierno, y en alguna calle lateral el oro seguía batiéndose más fino, un golpe firme tras otro.

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